— Adelante, mi Luna. La estaba esperando. — Las palabras de la anciana flotaron en el aire, cargadas de una calma omnisciente que parecía tan antigua como los árboles que nos rodeaban. No eran una invitación, sino la confirmación de una cita inevitable, un hilo del destino que me había guiado hasta su puerta.
Con la solemne sensación de estar cruzando un umbral mucho más importante que el de una simple cabaña, entré y la encontré sentada junto a una pequeña mesa, puliendo un antiguo broche de p