La vibración no volvió a repetirse.
Eso fue lo primero que me inquietó.
Porque los fenómenos del territorio —incluso los más sutiles— tienden a insistir cuando no han sido comprendidos. La presión cambia, el aire se ajusta, la magia deja pequeñas fracturas perceptibles. Lo que sentí al caer la noche anterior fue distinto: un pulso único, deliberado, como un toque preciso sobre una cuerda que alguien ya sabía exactamente dónde pulsar.
No era una señal lanzada al azar.
Era una comprobación.
Amane