La galería no terminó de abrirse del todo; simplemente dejó de oprimirnos. El paso estrecho desembocó en un espacio irregular donde la montaña parecía haberse rendido a medias, como si alguien hubiera arrancado la roca sin preocuparse por la simetría ni por la belleza. No era una cámara ceremonial. Era un lugar de trabajo. De ensayo. De error.
Di unos pasos más antes de detenerme, obligándome a respirar despacio. El aire era más seco aquí, cargado de un polvo fino que no provenía solo de la piedra, sino de restos antiguos de magia mal resuelta. No quemaba. No empujaba. Se adhería. Como un recuerdo que no termina de irse.
—Aquí no se reza —dije en voz baja—. Aquí se experimenta.
Ashen se movió a mi alrededor con cautela, observando las paredes, el suelo, los ángulos muertos. No buscaba símbolos evidentes, sino patrones de uso. Dónde se había caminado más. Dónde alguien se había detenido repetidas veces. Dónde el silencio era más pesado de lo normal.
—Hay rastros —murmuró—. No recientes