Salir de aquel lugar no fue un acto inmediato, sino una transición lenta, como si la montaña se resistiera a soltarnos del todo. Cada paso hacia afuera devolvía sonidos que habíamos olvidado: el roce de las botas contra la tierra húmeda, el murmullo lejano del bosque, incluso nuestra propia respiración, demasiado presente después de tanto silencio denso. No miré atrás una segunda vez. Sabía que hacerlo sería concederle al sitio algo que no merecía: nostalgia. Aquello no era un refugio ni un santuario. Era una herramienta, y las herramientas no se añoran; se evalúan.
Avanzamos sin hablar durante un largo tramo. El terreno volvió a reclamar huellas, el aire recuperó su curso natural, y la presión en mi pecho se aflojó apenas lo suficiente para dejarme pensar con claridad. La Luna seguía ahí, atenta, pero ya no tan próxima. No se había ofendido. Se había inquietado. Y esa diferencia importaba más de lo que muchos creerían.
—No activamos nada —dijo Ashen al fin, rompiendo el silencio con