Salir de aquel lugar no fue un acto inmediato, sino una transición lenta, como si la montaña se resistiera a soltarnos del todo. Cada paso hacia afuera devolvía sonidos que habíamos olvidado: el roce de las botas contra la tierra húmeda, el murmullo lejano del bosque, incluso nuestra propia respiración, demasiado presente después de tanto silencio denso. No miré atrás una segunda vez. Sabía que hacerlo sería concederle al sitio algo que no merecía: nostalgia. Aquello no era un refugio ni un san