El paso no volvió a abrirse.
Esa certeza se asentó con lentitud, como una astilla que al principio no duele, pero que el cuerpo no puede ignorar por mucho tiempo. No fue necesario tocar la roca otra vez ni probar con fuerza. El aire mismo había cambiado de comportamiento, y eso bastaba. Aquí dentro, la montaña no respondía a la urgencia ni a la voluntad. Respondía a reglas más viejas, reglas que no necesitaban explicarse para hacerse cumplir.
Avancé un par de pasos más hacia el interior de la cámara central, dejando deliberadamente atrás el lugar exacto por el que habíamos entrado. No por valentía, sino por estrategia. Mientras una parte de mí seguía midiendo distancias, salidas imposibles y ángulos de ataque, otra —más silenciosa, más peligrosa— se concentraba en entender el lugar. Porque Syrah no me había guiado hasta aquí para tenderme una emboscada vulgar. Si hubiera querido sangre inmediata, el paso de roca negra habría sido suficiente. No. Esto era otra cosa. Esto era contexto.