El paso no volvió a abrirse.
Esa certeza se asentó con lentitud, como una astilla que al principio no duele, pero que el cuerpo no puede ignorar por mucho tiempo. No fue necesario tocar la roca otra vez ni probar con fuerza. El aire mismo había cambiado de comportamiento, y eso bastaba. Aquí dentro, la montaña no respondía a la urgencia ni a la voluntad. Respondía a reglas más viejas, reglas que no necesitaban explicarse para hacerse cumplir.
Avancé un par de pasos más hacia el interior de la c