Lucía sintió que el aire le abandonaba los pulmones, como si el mundo le hubiera puesto una mano invisible en el pecho. Intentó mantenerse de pie, agarrándose al borde de un muro donde estaba el paquete de vestidos. Su visión vibró, distorsionada, mientras las voces de la plaza se convertían en un murmullo lejano.
Kevin dio un paso hacia ella, el ceño fruncido con su típica mezcla de fastidio y autoridad.
—No empieces ahora —dijo en voz baja pero firme—. No quiero presenciar uno de tus numerito