El amanecer no trajo calma al castillo.
El aire estaba cargado, pesado, como si incluso las paredes hubieran notado lo que ocurrió la noche anterior. El silencio que recorría los pasillos no era normal: parecía la respiración contenida de un edificio entero.
Lucía despertó tarde, agotada. Había llorado más de lo que admitía. Después de que Kevin diera la espalda y la dejara allí, destrozada.
Alana había dormido en la silla al lado de su cama, como un pequeño escudo humano que no tenía fuerza pa