La oficina estaba vacía, el silencio apenas roto por el zumbido de la lámpara fluorescente. Mateo se recostó en la silla, con el celular todavía en la mano, repasando en su mente las palabras de Ernesto: “Escríbele desde el alma, sin excusas, acepta toda la culpa.”
Lo había hecho. El mensaje estaba enviado. Pero el vacío en su bandeja de entrada lo atormentaba. Ni una respuesta, ni un simple visto. Solo silencio.
"¿Y si nunca me contesta? ¿Y si de verdad me odia?"
El nudo en el estómago se a