El motel donde Facundo solía refugiarse estaba en penumbras. La única luz provenía de una lámpara amarillenta en la esquina, iluminando apenas la mesa cubierta de recortes, fotografías y notas con el nombre de Clara escrito una y otra vez. El humo del cigarrillo flotaba en el aire, denso, como un presagio.
El teléfono vibró sobre la mesa. Facundo lo tomó con calma, como quien ya sabe lo que vendrá. Había conseguido el número de Valeria a través de su informante, y ahora era momento de dar el