Facundo siempre se mostró como un hombre fuerte, seguro de sí mismo, dueño de una voz que podía envolver y convencer. Pero detrás de esa fachada había un niño roto.
Su padre Guillermo Ramírez había sido un fantasma: presente en el apellido, ausente en la vida. Nunca lo llevó al parque, nunca le enseñó a montar bicicleta, nunca lo abrazó en un cumpleaños. Era un hombre que aparecía de vez en cuando con palabras secas, más órdenes que afecto.
Su madre Claudia de Ramírez, por otro lado, era una