El murmullo de los invitados se apagó como un suspiro colectivo cuando la música suave comenzó a llenar el jardín. El sol, ya inclinado hacia el horizonte, bañaba todo con tonos dorados, como si la propia tarde quisiera ser testigo de aquel instante.
Clara apareció al final del pasillo, tomada del brazo de su madre Zulema, quien avanzaba orgullosa, con lágrimas en los ojos. El vestido blanco de encaje se movía con cada paso como una ola ligera, y el ramo sencillo de flores parecía un reflejo