El reloj de la sala marcaba las ocho de la mañana cuando Clara bajó lentamente las escaleras de la casa, con una serenidad que pocas semanas atrás habría parecido imposible. Llevaba puesto un vestido sencillo de algodón gris, cómodo, ceñido apenas en la cintura. El cabello recogido en una trenza floja le daba un aire relajado, casi juvenil. En su rostro todavía había rastros de cansancio, pero el brillo en sus ojos hablaba de una energía recuperada.
Mateo la esperaba en la mesa, con el café re