El cansancio empezaba a reflejarse en cada gesto de Clara. Caminaba con los hombros caídos, los ojos rodeados de sombras por las noches en vela, y un silencio que pesaba más de lo normal.
En la universidad, una de sus profesoras, Marcela Herrera la observó con atención. Era una mujer de carácter firme, pero con la sensibilidad de quien sabe leer más allá de los libros. Al verla entregar un trabajo con manos temblorosas, la detuvo con suavidad.
—Clara, ¿estás bien? —preguntó, mirándola a los o