Clara vivía con una tensión constante. Facundo no desaparecía de su vida: a veces lo veía parado frente a la universidad, otras esperándola cerca de su trabajo, y en las noches, como un fantasma, lo encontraba merodeando frente a su edificio. Nunca hacía un escándalo, nunca levantaba la voz, pero su presencia era tan pesada como una cadena.
—Solo quiero hablar, Clara —decía una y otra vez, con esa voz que en otro tiempo la había seducido—. No me cierres así, tú eres mi vida, mi princesa.
Ella