El bufete ardía en actividad. La licitación estaba a solo cuatro días y las horas parecían más cortas que nunca. La sala de trabajo conjunta se había convertido en un campamento improvisado: laptops encendidas, botellas de agua, tazas de café, montones de planos y maquetas parciales apiladas en las esquinas.
Todos se movían con precisión quirúrgica. Andrea, la arquitecta que había propuesto unir fuerzas, se mantenía al frente de la coordinación, ayudando a Raúl y Ernesto a distribuir tareas y