—Quiero que conozca la mina, —Habló Damián. Gabriela arqueó una ceja.
—¿A la mina? ¿Con un niño tan pequeño? Damián, eso puede ser peligroso.
Él levantó las manos, sonriendo.
—Tranquila. Tomaré todas las precauciones. Prometo que no le pasará nada.
Buscó uno de los cascos de seguridad y se lo colocó a Nico, ajustando la correa con cuidado.
—Listo. Ahora sí estás como un verdadero minero.
Gabriela lo observó con una mezcla de ternura y resignación. Finalmente suspiró.
—Está bien. Pero yo los acompaño. —Levantó una ceja con determinación—. Conozco mejor la mina que tú y puedo mostrarle lo que realmente vale la pena ver.
Damián sonrió, divertido.
—De acuerdo, jefa.
Gabriela tomó la mano de Nico y lo guió por el túnel iluminado con luces tenues. A medida que avanzaban, el niño miraba todo con los ojos muy abiertos.
—Mira esto —dijo Gabriela, señalando una pared de roca—. ¿Ves esas líneas brillantes? Son vetas de cuarzo.
—¡Guau! —exclamó Nico, maravillado.
Ella rió suavemente y le mos