Todavía tenía las manos temblorosas cuando los policías me pidieron que me acercara. El hombre que había atacado a mi compañera y luego me había intentado golpear estaba esposado, con la cara roja de rabia, aunque ahora su mirada se veía más apagada, derrotada.
—Señorita, necesitamos que nos acompañe a la estación para dar su declaración —dijo uno de los agentes con tono profesional, aunque amable.
Yo asentí sin pensar mucho, mientras mi vista se desviaba hacia Lucian. Su brazo vendado era una