El tiempo en el hospital se había convertido en un bucle interminable de días grises y noches interminables. Dos semanas habían pasado desde que desperté, pero el tiempo no había traído la calma que esperaba.
Mis amigos, tanto humanos como lobos, me visitaban constantemente. Su preocupación era evidente en cada mirada, en cada palabra de aliento. Pero lo peor no era el insomnio que me consumía lentamente, ni la sensación de estar atrapada en una habitación donde el aire se sentía pesado.
Lo peo