La noche era tranquila, apenas interrumpida por el susurro del viento entre las cortinas de la habitación. Oriana estaba sentada en el borde de la cama, con la luz tenue de la lámpara iluminando sus manos. Sus dedos jugaban con el colgante que colgaba de su cuello, sintiendo el metal frío contra su piel.
Era un gesto instintivo, un ancla en medio del torbellino de emociones que la envolvía.
El collar.
Las cartas.
Esos pequeños fragmentos de su vida pasada, que la hacían sentir conectada a algo