El amanecer apenas tocaba el horizonte, pero el cielo seguía teñido de un gris enfermizo, como si la noche se negara a ceder del todo. Las aves no cantaban. El viento estaba quieto.
Y el altar palpitaba como un corazón oscuro.
Oriana se encontraba frente a él, de pie ahora, más firme. La noche sin sueño había templado sus pensamientos. Sabía que lo que venía no podía detenerse. Lo único que podía elegir era cómo enfrentarlo.
—Está viniendo —murmuró.
Gabriel no necesitó preguntar a quién se refe