Oriana despertó con el corazón latiendo con fuerza. Otra vez había soñado con él. Con Gabriel. Pero no el hombre que conocía hoy, sino aquel de sus sueños, el de otra vida, el que la miraba con adoración en un establo iluminado por la luz parpadeante de las velas. En su sueño, había sentido el toque suave de sus manos sobre su piel, el calor de su aliento acariciando su cuello y el estremecimiento que recorría todo su cuerpo al escuchar su nombre susurrado con ternura. Esa imagen se le grababa