Gabriel sirvió dos vasos de whisky, colocando uno frente a Oscar, quien aceptó el gesto con una inclinación de cabeza. La habitación estaba sumida en penumbra, iluminada apenas por las luces distantes de la ciudad que se filtraban a través de las ventanas. Los momentos junto a Oscar siempre habían sido un refugio en medio del caos, pero esta noche, la tensión en el aire se palpaba con fuerza.
—No luces bien, viejo amigo —comentó Oscar, llevándose el vaso a los labios con una expresión grave.
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