La casa en la playa era un refugio del mundo. De estructura de madera oscura y grandes ventanales que daban al océano, la brisa marina se filtraba por cada rincón, llenando el ambiente con el aroma salado y la promesa de un respiro momentáneo.
Gabriel estacionó el auto y apagó el motor. Durante unos segundos, ninguno de los dos se movió. El viaje había sido tranquilo, pero Oriana aún sentía el peso de la prueba en su cuerpo.
—Llegamos —dijo él, con voz suave, girándose para mirarla.
Oriana asin