El silencio en la habitación era sofocante. La luz de la lámpara parpadeaba débilmente, proyectando sombras temblorosas sobre las paredes. Oriana aún sentía el ardor en su pecho, justo donde la cicatriz luminosa seguía brillando débilmente.
Su respiración era entrecortada. La visión de su propia muerte seguía latiendo en su mente como una herida abierta.
—¿Oriana? —La voz de Gabriel la trajo de vuelta a la realidad.
Ella alzó la vista y encontró su mirada. Sus ojos oscuros estaban llenos de ang