Fabiano llevaba a Marcel en sus brazos como si estuviera volando por toda la habitación.
—¡Ahí vamooooos… puuuuum!
Lo dejó caer sobre la cama como un luchador de lucha libre, provocando carcajadas inmediatas en el pequeño.
—Son tan salvajes… —dijo Micca, caminando de la mano de Victoria.
Victoria se agachó a su altura y le susurró con complicidad:
—Los hombres jamás dejan de ser niños salvajes… solo hay que aprender a adiestrarlos.
—¿Y eso cómo se hace, tía?
—Con dulces… igual que a los cachorr