Pasaron dos días, largos, pesados, eternos, donde el tiempo parecía haberse detenido dentro de esas paredes blancas, Gerald se duchaba y comía en el mismo hospital, apenas lo justo para mantenerse en pie, sin dejar a Gracia sola ni un segundo, solo cuando llegaba Fabiano salía a estirar las piernas, a tomar aire, a intentar despejar una mente que no dejaba de atormentarlo, y luego volvía de inmediato, como si alejarse demasiado fuera un riesgo que no estaba dispuesto a correr.
En las noches se