Había llegado el mediodía y el silencio en la habitación era distinto, más liviano, más esperanzador, Gerald no se movía del lado de Gracia, su mano seguía entrelazada con la de ella como si soltarla fuera un riesgo que no estaba dispuesto a correr, ella aún dormía, su respiración era tranquila, su pecho subía y bajaba con suavidad, y él se quedaba ahí, observándola, memorizando cada detalle como si temiera que en cualquier momento todo volviera a romperse.
El sonido de la puerta al abrirse lo