Fabiano se paseaba de un lado a otro por la sala como un león encerrado en una jaula demasiado pequeña. Cada pocos segundos se pasaba una mano por el cabello, luego por el rostro y volvía a caminar. Victoria lo observaba desde la silla de la sala de espera de la clínica con una sonrisa enternecida mientras miraba a ese hombre grandote comportarse como un niño.
George y Margaret llevaban más de una hora realizándose exámenes.
Una hora, sesenta minutos, tres mil seiscientos segundos, Fabiano los