En una isla de Grecia, donde el mar parecía fundirse con el cielo en tonos turquesa y dorados, Marcus caminaba de la mano con Katrina por la orilla de la playa. La arena tibia se hundía suavemente bajo sus pies descalzos, mientras la brisa salada jugaba con sus ropas y sus cabellos.
Katrina llevaba un vestido de lino blanco que se movía con cada paso, ligero, etéreo, casi como si flotara alrededor de su cuerpo, abrazando sus curvas con delicadeza. Su cabello caía libre sobre sus hombros, mecido