Ella era su mejor medicina...

Ya era cerca de medianoche cuando el rugido de un par de motocicletas rompió la tranquilidad de la mansión.

Ismael estaba sentado en el pórtico con una taza de café entre las manos y un libro abierto sobre las piernas, aunque llevaba más de diez minutos en la misma página.

No estaba leyendo, solo estaba pendiente de la hora en la que llegaría Gisella.

Y cuando escuchó las motos acercarse, levantó la mirada de inmediato.

Las luces iluminaron la entrada mientras las dos motocicletas se detenían f
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