La noche cayó por completo sobre la mansión y, aun así, Margaret no se había separado de George ni un solo momento. Había pasado el día entero bajando su fiebre, preparando remedios, acomodando mantas y vigilando que tomara agua y medicamentos.
Entró nuevamente a la habitación con otro plato de sopa caliente entre las manos. La luz tenue de la lámpara iluminaba apenas el rostro cansado de George, que estaba recostado mirando hacia la ventana.
Margaret dejó la bandeja en la mesa y se sentó a su