86. Libres al fin
El suave canto de las avecillas, junto a un ardor punzante en mis piernas, fue lo primero que percibí. Era esa presión deliciosa que comenzaba a recorrerme, incendiando cada rincón de mi piel. Placer, eso era lo que mis muslos clamaban, lo que mi pecho reclamaba en un fuego que se encendía sin aviso. Un mordisco en mi cuello me arrancó un jadeo leve, obligándome a abrir los ojos de golpe.
—¡Ah!
Jadeaba todavía perdida en la sensación de despertar en medio de aquel vértigo. Mi cuerpo vibraba y ar