63. ¿Tú crees eso?
El dolor que invadía mi corazón era suficiente para destrozármelo. Las constantes muestras de cariño de Caleb eran como un acicalamiento a mi herida. El mismo gesto que hace un animal herido al lamerse.
Me quedé ahí, sollozando. El tiempo pasaba. Mi sensibilidad estaba intensificada. Cada lágrima que caía era un ardor de fuego y promesas rotas. Tras un rato dejé de llorar, no porque no quisiera, sino porque mis lágrimas parecieron secarse.
Con tranquilidad —como si supiera que en ese momento n