—¡TÚ! —Gritó Camila, señalando a Elena con un dedo tembloroso—. ¡MALDITA VÍBORA! ¡TÚ ME QUIERES DESTRUIR! ¡ASÍ COMO DESTRUÍSTE A NUESTRA FAMILIA!
El eco de sus palabras llenó el salón. Las cámaras grababan, los celulares vibraban, y Elena, en medio del huracán, mantuvo la calma como si fuera una estatua. Sus labios se curvaron en una sonrisa que no buscaba ser amable; era la sonrisa de quien ha lanzado la piedra y observa cómo rompe el vidrio.
El aire olía a perfume caro y a traición. La gala h