—Dana—
Felicidades estás embarazada… — era lo que escuchaba como un pitido en mis oídos. Mierda, mierda y más mierda, me gritaba mi estúpida conciencia que apareció de repente cuando ya no la necesitaba recriminándome...
Estaba en un campo de flores mientras acariciaba mi enorme panza, los días eran cada vez más largos y sentía que no se acababan en este lugar. De un momento, mi panza desapareció y tenía en mis brazos a un bebito de ojos azules como los míos y con esos pelos locos de su padre.