—Aldo, yo… no te amo… —murmuró Mila, su voz temblando al pronunciar esas palabras que se clavaron en el aire, como una daga invisible.
Esas palabras fueron como un golpe brutal para Aldo, un golpe que le robó el aliento, que lo dejó sin fuerza, como si de pronto toda la energía de su cuerpo hubiera sido drenada en un solo instante.
El peso de la humillación lo aplastó, pero algo más profundo comenzó a crecer en él. Rabia.
Un fuego oscuro que se avivaba en su pecho y que lo empujaba hacia ella, h