Al día siguiente, cuando Mila abrió los ojos, sintió el calor de otro cuerpo junto al suyo.
Su respiración se pausó un instante antes de atreverse a girar la cabeza.
Allí estaba él. Aldo dormía a su lado, su rostro relajado, casi angelical, como si el mundo no pudiera perturbar su paz.
Su pecho se llenó de un torbellino de emociones al observarlo.
Su mano, casi sin permiso, se deslizó por la sábana hasta rozar su mejilla con la punta de los dedos.
Su piel era cálida, su respiración tranquila, pe