—Aldo Coleman, ¿aceptas como tu esposa legítima a Mila Eastwood para amarla, respetarla y serle fiel, en las buenas y en las malas, por el resto de tu vida?
La pregunta resonó en el aire, tan solemne que parecía congelar el tiempo.
Aldo sonrió, aunque su sonrisa temblaba ligeramente, como si una ola de nervios lo invadiera.
—Claro, que acepto —dijo con voz firme, pero por dentro sentía cómo la ansiedad lo envolvía.
El sacerdote miró a Mila, y ella sintió la presión del momento apoderarse de ella