—¡Mia, por favor!
La voz de Eugenio se quebró en una súplica desesperada, pero Mia apenas lo miró.
Sus ojos, antes llenos de amor y ternura por él, ahora eran severos, fríos, impenetrables.
Con un movimiento firme, soltó su mano.
—Mañana podemos hablar de esto. Ahora no.
Eugenio titubeó.
Su mente aún trataba de entender lo que estaba pasando, pero asintió.
—¡Haré lo que sea! —insistió, con la ansiedad, apretándole el pecho. Pero sintió un pequeño destello de esperanza.
Mia entrecerró los ojos, m