El ambiente en la casa era tranquilo hasta que Paz recibió una visita inesperada.
Al entrar en la sala, su cuerpo se tensó como si un relámpago le recorriera la espalda. En el sillón de cuero, con las piernas cruzadas y las manos entrelazadas, estaba David Leeman.
—¿Qué haces aquí? —su voz fue un filo de hielo, cargado de desprecio.
El hombre se puso de pie con una sonrisa tensa, como si le pesara en la mandíbula.
—Hija…
Paz sintió una punzada en el pecho, una mezcla de asco y rabia que le quemó