David despertó con un dolor punzante en la cabeza. Un mareo lo embargó cuando intentó moverse, pero pronto se dio cuenta de la cruda realidad: estaba atado de pies y manos, tumbado sobre el suelo frío de cemento. Su respiración se aceleró. El aire olía a humedad y encierro.
Parpadeó varias veces, tratando de aclarar su visión borrosa. Frente a él, de pie, junto a la tenue luz de una bombilla parpadeante, estaban Deborah y Linda.
—¿Qué… qué demonios están haciendo? —gruñó David, forcejeando con l