Mila y Mia estaban recostadas en su cama, abrazadas a sus peluches favoritos.
La tenue luz nocturna proyectaba sombras suaves en las paredes, y el suave murmullo de la brisa colándose por la ventana parecía arrullarlas.
Paz y Terrance se inclinaron para besarlas en la frente, cubriéndolas con las mantas.
—Dulces sueños, mis princesas —susurró Paz.
—Que tengan los sueños más hermosos —añadió Terrance con una sonrisa.
Las pequeñas cerraron los ojitos, sumergiéndose en la tranquilidad del sueño en