El guardia que iba con Terrance, que hasta ese momento había mantenido la calma, recibió una llamada.
Su rostro se tornó pálido, más pálido que la nieve más pura, y sus ojos se agrandaron con miedo.
No era una expresión que cualquiera pudiera ignorar.
—¡Señor...! —balbuceó el hombre, con la voz temblorosa, incapaz de seguir hablando.
Terrance giró hacia él, sintiendo que su corazón latía con fuerza, como si un presagio horrible se estuviera formando en el aire.
—¿Qué pasa? —exclamó, su voz carga