Al día siguiente
Deborah despertó sintiéndose gloriosa, como si el mundo entero le perteneciera.
Mientras se miraba en el espejo, cepillando su cabello perfectamente dorado, una sonrisa malévola curvó sus labios.
En el comedor, sus padres la esperaban con una mesa llena de un desayuno impecable, tan perfecto como lo era su "pequeña niña dorada".
—¡Lo conseguí! —anunció con orgullo, tomando asiento y cruzando las piernas con un aire de reina—. Esa estúpida de Paz finalmente desaparecerá de nuestr