Deborah estaba frente a Patricia, con la espalda erguida y la mirada afilada.
A pesar de que debía guardar reposo absoluto por su embarazo, el odio que ardía dentro de ella le impedía quedarse quieta.
No importaba el riesgo, no importaba el cansancio; lo único que importaba era destruir a Paz.
Patricia la observaba con una media sonrisa, sosteniendo una copa de vino entre los dedos.
Su reputación la precedía: primogénita de un magnate, carácter inestable, una mujer que en otro tiempo habría sido