Eugenio apretó los puños con tanta fuerza que sus nudillos se tornaron blancos.
Su mirada fulminante se clavó en Arleth, quien, al percatarse de su furia, pareció encogerse en su propio cuerpo, temblando.
El miedo la paralizaba. Sabía lo que se avecinaba.
Pero Eugenio no pudo contenerse. Con un rugido de rabia, se abalanzó sobre ella, sujetándola del cuello con ambas manos.
—¡Embustera! ¡Traidora, maldita! —su voz resonó como un trueno en la habitación.
Arleth jadeó, su rostro enrojecido, sus oj