Cuando Aldo llegó a casa, el aroma a especias y carne asada inundó sus sentidos. Sobre la mesa, un festín digno de un banquete lo esperaba: pasta al pesto, una botella de vino tinto abierta, y un postre que se derretía suavemente bajo la luz tenue de las velas.
—¿Lo hiciste para mí? —preguntó con una sonrisa, sintiendo el calor del hogar envolviéndolo.
Mila se acercó despacio, rodeándolo con sus brazos.
—Quiero consentirte.
Aldo entrecerró los ojos, disfrutando del roce de su piel contra la suya