Las palabras de Paz cayeron como un balde de agua helada, y el silencio que las siguió fue ensordecedor, más pesado que cualquier grito.
Deborah, con los labios entreabiertos, parecía atrapada entre la incredulidad y el miedo, como si el suelo bajo sus pies estuviera a punto de colapsar.
Terrance, por otro lado, permanecía rígido, con la mandíbula apretada y los ojos oscuros, reflejando una mezcla de un orgullo que se negaba a ceder.
—¿Qué dices? —Terrance rio, pero su risa carecía de alegría. E