Paz sujetó con fuerza las manos de sus hijas, sus ojos brillaban con una determinación feroz mientras encaraba a Terrance.
—¡Déjanos, tranquilas, Terrance! —exigió, su voz firme, aunque sus dedos temblaban al sostener las pequeñas manitas de las niñas.
Estaban a punto de salir del lugar cuando el hombre dio un paso al frente, bloqueando su camino con una sonrisa arrogante.
—¿A dónde crees que vas?
Paz lo miró sin pestañear, aunque su corazón martillaba contra su pecho.
—¿Qué es lo que quieres ah