Mila se apartó bruscamente de Aldo, con la respiración agitada y las manos temblorosas por la rabia. Sus ojos, que hasta hace unos minutos reflejaban tristeza, ahora estaban llenos de furia.
—¡Es tu culpa! —espetó, con la voz temblorosa, por la mezcla de alcohol y enojo.
Aldo la miró desconcertado.
—¿Mi culpa? ¿De qué estás hablando?
—Ella es tu amiga, ¿no? ¡Esa m*****a tarántula es tu amiga! Tú los presentaste, los acercaste, los metiste en el mismo círculo. ¡Si no fuera por ti, esto no habría